
María lo entendió y, cuando se ausentó su Hijo después de la Ascensión, continuó dedicando su vida, en sacrificio, en oblación y en oración, por nosotros, los redimidos.Así asistió a la formación y crecimiento de la Iglesia de su Hijo. (...) Miremos que Dios tiene ojos de eternidad, y nosotros muy de tierra, y hemos de cambiarlos para agradarle, para dejarnos amar por Él, como se dejó María.(Madre Mercedes)





